viernes, 6 de abril de 2012

Jesús en su trinchera guerrillero



Pablo Mora



Jesús, volcado sobre el mundo, injerto entre los continentes y
los mares, sobrepasa el fragor de los azares y acampa en el confín de cada
puerto. Jesús, con el mensaje al descubierto, despliega su bondad entre los
lares y apacigua el dolor, los avatares, con hondo afán entre su amor
despierto. Artífice de paz y sobrehumano bastión por su evangelio altivo,
ardiente, fragua la hermandad en cada hermano. Y es símbolo de amor
incandescente, para el mundo Patriarca Soberano, con veinte siglos en su
enhiesta frente.


Jesús, en el zaguán contemplativo, le señala
al mendigo su sendero; le acompaña en su duro derrotero y prodiga el milagro,
compasivo. Jesús, el incansable, pensativo, escándalo, abatido, prisionero;
Jesús, la encarnación del misionero, entre la historia un punto suspensivo.
Jesús, en cada amanecer presente, convierte las tinieblas en aurora y expande
por el orbe su simiente. Jesús, con su mirada abrasadora, al desgranar perdón
al penitente eternízase en su obra redentora.



Jesús, radiante péndulo del mundo, precisa cada horario de la
historia y surca los solares de la gloria con claro acento y con compás
rotundo. Jesús, paciente, fraternal, fecundo, enclavado en la cruz de la
victoria, martilla al peregrino la memoria con ancha paz y con amor profundo.
Jesús, en el pesebre, en el Calvario, Jesús, pastor, hermano, misionero, Jesús,
inconfundible visionario. Jesús, en los olivos, prisionero. Jesús, el del
proverbio lapidario. Jesús, en su trinchera, guerrillero.


Cristo de las Trincheras, el que reposa en el Mosteiro da
Batalha – Portugal -. Sin una mano, sin pies, después de haber estado en el
frente, de sol a sol, entre borrasca, plomo y lluvia, en una y otra guerra, a
ras de guerra, hoy, permanente lámpara votiva en la ruinosa oscuridad de un
vetusto monasterio, espeluznando al mundo en fantasmal plegaria. Cristo, el
hombre, eternamente, un gran dolor en viaje, en esta ominosa hora menguada,
humosa, que en sombras nos envuelve. Sed de mundo, cerviz de noche,
contrito, solitario y muerto. Cristo pobre del pobre…
buen hermano, colérico cordero al descubierto, nuevamente con látigo inclemente
arrojando a los nuevos mercaderes, tan pierna arriba en su agonía, al aire el
brazo, en ademán resuelto y justiciero, combatiente, insurgente, fiel
miliciano… Tú —el revolucionario más valiente—. Tú —el más rebelde y noble
montonero—.


Cristo de las Trincheras, Cristo ahumado, al frente de la
guerra, guerrillero, frente al hambre, pedazo de madero, entre la guerra con
color tostado. Al descubierto, roto, desolado, fuego encendido, fuego
prisionero; en la trinchera, siempre de primero, de la batalla el Cristo
mutilado. De trinchera en trinchera, chispa, lumbre, encendido en amor,
enfogarado, en sangre, en ruego, en alba y mansedumbre. Cristo de La
Batalha, iluminado, en
lanza, en ristre, en cruz, en muchedumbre, al hombre ruega en llamarada alzado.


Tú que sin duda fuiste el más valiente de los hombres. El
revolucionario que prefirió morir en el Calvario antes que doblegarse
mansamente. ¡Sal de tu Iglesia! ¡Coge la montaña! ¡Y a quienes luchan rige y
acompaña en tan heroica y santa rebeldía!

saguete@gmail.com

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